Las paredes de la mezquita se habían vuelto negras. En los pueblos cercanos al estrecho de Sonda, en los primeros días de septiembre, los vecinos salieron con escobas para barrer el polvo gris del suelo de sus casas y limpiar las paredes de una mezquita cercana. Fotógrafos de Reuters los encontraron trabajando mientras el volcán seguía activo. Por la noche, la lava del Anak Krakatau pintaba el cielo de rojo.
El volcán empezó a hacer erupción el sábado y lanzó una fuente de lava. Según la agencia de geología de Indonesia, en varias partes del país la gente escuchó fuertes ruidos y sintió temblores. A la una y media de la madrugada del domingo, después de detectar ceniza en el aire, el aeropuerto internacional Soekarno-Hatta suspendió los vuelos. El ministerio de Transporte explicó que la última prueba había dado positivo, es decir, que había ceniza volcánica en la zona del aeropuerto, y por eso el cierre se alargó hasta las nueve y media de la mañana. Según sus cuentas, 209 vuelos y más de 22.000 pasajeros se vieron afectados. Los vuelos con Singapur fueron los más perjudicados, pero también hubo problemas en las rutas a Doha, Sídney y Kuala Lumpur. Las autoridades locales contaron al menos dieciséis vuelos nacionales a Bali cancelados.
La reapertura no duró. El lunes por la mañana, siete aeropuertos indonesios seguían cerrados por la ceniza, dos de ellos al servicio de Yakarta, según el ministro de Transporte. La ceniza cubría la capital y varias zonas de alrededor desde que empezó la erupción, el viernes por la noche, y los aeropuertos permanecían cerrados por seguridad.
En ese cielo, la palabra seguridad tiene una historia concreta. La noche del 24 de junio de 1982, un Boeing 747 de British Airways llamado City of Edinburgh volaba de Kuala Lumpur hacia Perth cuando entró en la nube de ceniza del volcán Galunggung, a unas 110 millas al sureste de Yakarta. Como la nube estaba seca, el radar meteorológico, que sirve para detectar humedad, mostraba un cielo despejado. El capitán Eric Moody iba camino del baño cuando la tripulación vio un brillo extraño en el parabrisas. Entró humo en la cabina, con olor a azufre, y los pasajeros que veían los motores notaron que brillaban con una luz azul muy intensa. A las 13:42 UTC falló el motor número cuatro y, en menos de un minuto, se apagaron los otros tres.
La tripulación calculó que podía planear veintitrés minutos desde 37.000 pies. Moody avisó a los pasajeros de que tenían un pequeño problema, que los cuatro motores se habían parado y que estaban haciendo todo lo posible por encenderlos otra vez. Muchos pasajeros escribieron notas para sus familias. A 13.500 pies, los motores volvieron a arrancar uno tras otro. El parabrisas había quedado rayado y opaco, así que el avión aterrizó en Halim Perdanakusuma casi solo con instrumentos.
La investigación explicó por qué. La ceniza dejó a los motores sin oxígeno, rayó el parabrisas y se derritió dentro de los motores, donde se pegó a las piezas. Un motor de avión funciona entre 1.200 y 2.000 grados, temperatura suficiente para fundir la ceniza. Además, cada volcán produce una ceniza distinta, y por eso cada una se derrite a una temperatura diferente.
Europa vivió algo parecido en abril de 2010, cuando el agua del glaciar Eyjafjallajökull tocó el magma caliente y la erupción envió ceniza muy fina hacia la corriente en chorro, que la repartió por el continente durante días. Aquel jueves se cancelaron entre 5.000 y 6.000 de los 28.000 vuelos diarios de Europa. Jerry O’Callaghan, de cincuenta años, de Cork, volvía de unas vacaciones en Estados Unidos y ya iba a embarcar cuando le cancelaron el vuelo. Dijo que deberían tener mejores equipos, que solo era un poco de ceniza.
El volcán que hoy cubre Yakarta de polvo tiene un pasado mucho más grave. Las explosiones del Krakatoa del 26 y 27 de agosto de 1883 destruyeron más del setenta por ciento de la isla. La tercera explosión sigue siendo el sonido más fuerte de la historia conocida: se oyó a 3.110 kilómetros, en Perth, y a 4.800 kilómetros, cerca de Mauricio. Se atribuyen a la erupción y a sus tsunamis al menos 36.417 muertos. El cono nuevo apareció en 1927 y quedó siempre sobre el mar desde el 11 de agosto de 1930. El 22 de diciembre de 2018, dos minutos después de un pequeño terremoto, su ladera suroeste se derrumbó y provocó un tsunami que mató a 430 personas.
En 2010 preguntaron a un geofísico islandés, Einar Kjartansson, cuánto duraría el caos. Respondió que la ceniza seguiría saliendo durante días o semanas, pero que el daño para los viajeros dependía del tiempo: «Depende de cómo el viento lleve la ceniza.»
