Casi todos los días, Bridget Wade se inclina sobre el ocular del microscopio y observa conchas fósiles de plancton que tienen millones de años. Dice que lo mejor de su trabajo son los estudiantes: un grupo de investigadores de maestría y doctorado, muchos de ellos extranjeros, que estudian el cambio climático, la evolución y la corrección de la escala del tiempo geológico. Nada de esto estaba en sus planes. Se postuló a la universidad para estudiar literatura inglesa y sus notas no alcanzaron, algo que hoy considera el momento decisivo de su vida, aunque señala que sigue pasando la mayor parte del tiempo leyendo y escribiendo, así que quizá los dos mundos no estén tan lejos.
Lo que hay bajo la lente son foraminíferos planctónicos, protistas marinos unicelulares del tamaño de un grano de arena. Sus conchas son de carbonato de calcio y, cuando el organismo muere, se depositan en el sedimento marino y se acumulan año tras año hasta formar un registro largo y legible. Wade trabaja con testigos perforados en ese registro por el International Ocean Discovery Program: cuenta especies para medir los ritmos de evolución y extinción, y lee los isótopos de oxígeno y carbono atrapados en las conchas para reconstruir temperaturas del mar, ciclos glaciares e interglaciares y la productividad de los océanos antiguos.
El grupo es enorme y muy antiguo. Foraminífero significa portador de agujeros en latín, por los poros que conectan las cámaras de la concha, y se reconocen más de 50.000 especies, fósiles y vivas. Casi todas miden menos de un milímetro y viven sobre el fondo marino o dentro de él; solo unas cuarenta especies actuales flotan en la columna de agua, a merced de las corrientes, y son esas las que caen como lluvia por todas partes. Sus conchas acumuladas cubren el lecho marino en todo el planeta y forman un archivo que se remonta a unos 560 millones de años.
En ese archivo hay un enigma sin resolver desde hace setenta años. Muchos foraminíferos planctónicos construyen conchas enrolladas como caracoles, y algunas especies prefieren claramente un sentido, izquierda o derecha. A principios de los años cincuenta, cuando las primeras perforaciones permitieron trabajar capa por capa, el micropaleontólogo suizo Hans Bolli advirtió que esa preferencia cambiaba con el tiempo. En 1959, el geólogo marino David Ericson, especialista en testigos del Observatorio Geológico Lamont de la Universidad de Columbia, clasificó cientos de conchas de Neogloboquadrina pachyderma del Atlántico Norte y creyó encontrar la respuesta: durante las glaciaciones las conchas se enrollaban hacia la izquierda y, en los períodos cálidos, hacia la derecha. No sabía explicar por qué una espiral habría de responder al clima, pero sospechaba de la temperatura.
La idea resistió décadas y luego se vino abajo por dos lados. En 2006, Kate Darling, hoy profesora honoraria de la Universidad de Stirling, demostró con trabajo genético que las formas izquierda y derecha de N. pachyderma no son variantes, sino dos especies distintas, cada una con su propio sentido. En 2013, la paleobióloga Yurika Ujiié, actualmente profesora en la Universidad de Kochi, en Japón, examinó varias especies recogidas en distintos océanos y comprobó que el sentido no seguía la temperatura. Había además una dificultad conceptual evidente: cuesta imaginar qué ventaja puede dar un sentido de enrollamiento a un organismo unicelular.
Lo que atrajo a Wade fue la geografía. Tras décadas con testigos de sedimento, su equipo notó que varias especies parecían cambiar de sentido más o menos al mismo tiempo en latitudes distintas del Atlántico, el Índico y el Pacífico. En una especie, el cambio parecía casi instantáneo tanto en los trópicos como en latitudes altas. El equipo reunió entonces cinco décadas de recuentos publicados y analizó los patrones de varias especies planctónicas a lo largo de 56 millones de años. En todos los casos, los cambios aparecían en varias cuencas y franjas climáticas. Paragloborotalia siakensis pasó de mixta a izquierda hace 15 millones de años; Globorotalia scitula cambió dos veces, a izquierda hace 15 millones de años y a derecha hace 10 millones. Resulta realmente desconcertante, escribieron los autores, que una especie exista durante millones de años enrollándose en un sentido y de pronto se invierta sin razón aparente.
El mejor caso fue Pulleniatina obliquiloculata, que tiene un registro fósil muy detallado, sigue viva y está presente en todos los océanos tropicales. Durante los últimos 860.000 años se ha enrollado casi siempre hacia la derecha; antes cambiaba, a escala global, cada pocos miles de años. «Fue una gran sorpresa, porque si hubiera sido un fenómeno local, sería más fácil pensar en un ambiente local que cambia», dijo Wade. No era local.
Recuentos más finos en dos testigos situados a ambos lados del paso indonesio, uno en el Pacífico y otro en el Índico, mostraron algo aún más extraño. Al medir isótopos en ejemplares individuales, los investigadores hallaron que las conchas de un sentido y de otro tomadas de la misma muestra de sedimento diferían de forma significativa en carbono y en oxígeno, lo que indica que las dos poblaciones vivían separadas ecológicamente; en un caso también diferían en tamaño. La explicación propuesta fue que los grandes vuelcos se deben a poblaciones crípticas que se reemplazan unas a otras en barridos competitivos.
Esa es, en esencia, la hipótesis de Wade. Los océanos parecen uniformes pero no lo son: se dividen en hábitats que difieren en temperatura, corrientes, luz ultravioleta, química y oxígeno, y una especie aparentemente global puede esconder varias especies crípticas genéticamente distintas. Si una de ellas adquiere alguna ventaja amplia, puede extenderse con las corrientes hasta dominar y dejar un solo sentido grabado en el registro fósil. «En mi opinión, el cambio de sentido significa que se han especiado», dijo Darling, que no participó en el estudio. Wade recurrió a una comparación más cercana: se parece a cómo una variante de la covid-19 se hizo abundante en un lugar y, con una ligera ventaja sobre otra, se impuso casi en todas partes.
Visto así, el sentido de la espiral no sería una adaptación, sino una marca visible de un acontecimiento invisible. Reemplazos de este tipo normalmente no dejan rastro y solo se vuelven legibles cuando los grupos que compiten difieren en su preferencia de enrollamiento.
No todos están dispuestos a convertir cada concha en una especie. Ujiié advierte que el sentido parece tener una base genética, pero eso no significa necesariamente que los individuos de un sentido y de otro sean poblaciones distintas. Y queda intacta la pregunta más antigua: por qué toda una población se enrolla en un sentido, cuando muchas especies se reparten casi mitad y mitad. Julie Meilland, investigadora del Cerege, en Francia, ajena al estudio, cultiva foraminíferos en laboratorio y comprueba que sus proporciones no siempre coinciden con lo que predice el registro fósil. «Creo que puede haber algo de genes, de recombinación, de intentos de evolucionar, de ambiente, y también de suerte y simplemente de vida», dijo.
