La cámara era un sencillo aparato de latón, apenas más grande que un puño. En su interior había pequeños trozos de película de rayos X, y delante de una pequeña abertura frontal Rosalind Franklin y su alumno Raymond Gosling fijaban una fibra finísima extraída de una solución de ADN. Para obtener cada imagen dirigían hacia ese orificio un fino haz de rayos X durante horas o días. En la primavera de 1952, en el King’s College London, una de aquellas exposiciones produjo el patrón de difracción más nítido que habían visto hasta entonces. También era defectuoso: el patrón quedaba descentrado y cortado por un borde, porque el soporte de la película se había desplazado dentro de la cámara.
Aquella imagen era la Fotografía 49. El mismo día en que la vio, Franklin inició una nueva exposición de la misma muestra, y esa nueva imagen se convirtió en la Fotografía 51, la más famosa de la historia de la biología molecular. Durante más de medio siglo, el relato canónico ha sostenido que Franklin no entendió lo que mostraba su propia fotografía. Un artículo publicado el 5 de octubre de 2026 en el Journal of the History of Biology defiende lo contrario, y basa su argumentación en la fotografía olvidada que la precedió.
Ese relato canónico se debe en gran medida a James Watson. Según la versión que él contó, en 1953 Maurice Wilkins le enseñó en el King’s una de las fotografías de ADN de Franklin, y Watson tuvo una revelación. «En el instante en que vi la imagen me quedé boquiabierto y se me aceleró el pulso», escribió. En su autobiografía de 1968, La doble hélice, presentó la fotografía como su momento de iluminación: «La cruz negra de reflexiones que dominaba la imagen solo podía deberse a una estructura helicoidal».
Otros repitieron la idea de que Franklin había contemplado el mismo patrón sin captar su significado. Horace Judson, autor del que sigue siendo el relato periodístico más conocido del descubrimiento, escribió en 1979 que «el patrón gritaba hélice», y que, sin embargo, durante casi diez meses Franklin «dio la espalda a su propio descubrimiento de la estructura B del ADN y a su mejor prueba de que [esta] era helicoidal». La biógrafa de Franklin, Brenda Maddox, calificó la fotografía como «la imagen más nítida jamás tomada de la forma B del ADN» y describió cómo Franklin la dejó a un lado para volver al enigma de la forma A.
El nuevo artículo lo firman un historiador de la ciencia y un cristalógrafo: Alistair Sponsel, del Science History Institute de Filadelfia, y Brian Sutton, del King’s College London. Su respuesta a Judson es tajante. Si la Fotografía 51 gritaba «hélice» con tanta claridad, escriben, era porque Rosalind Franklin así lo había querido.
Si la versión de Watson perduró, fue en parte por una laguna documental. Las notas de laboratorio de Franklin solían ser exhaustivas y meticulosas, pero apenas dicen nada de la Fotografía 51. Sponsel y Sutton se centraron entonces en la imagen anterior y descubrieron que Franklin había tomado abundantes notas sobre la Fotografía 49, pese a su defecto estético. Según su interpretación, ella sabía que aquella primera fotografía revelaba una hélice, la misma intuición que Watson se atribuiría después, y precisamente por eso hizo una segunda versión, más depurada. La Fotografía 51, concluyen, se tomó expresamente para ser publicada. No fue, como han sostenido algunos relatos, una toma experimental a la que Franklin no daba importancia.
Repetir la toma encaja con lo que sus colegas han contado sobre su forma de trabajar. Franklin «era una perfeccionista experimental», afirma la cristalógrafa Elspeth Garman. Una fotografía con el soporte de la película desplazado y un borde truncado bastaba para decirle algo a Franklin. Según esta lectura, no bastaba para enseñársela a nadie más.
¿Por qué, entonces, no se apresuró a publicar? Sponsel y Sutton creen que sus notas y sus actos también lo explican, y señalan un informe que redactó en febrero de 1952 en el que exponía sus objetivos científicos. El ADN se presentaba en dos formas, A y B. A finales de 1951 se aceptaba en general en el King’s que la forma B era una hélice, pero después de que Franklin registrara una imagen asimétrica en mayo de 1952, dejó de estar convencida de que la forma A también lo fuera. En julio de 1952, como broma dirigida a Wilkins, que solía decir que ambas formas eran helicoidales, ella y Gosling redactaron una esquela que anunciaba «la muerte, el viernes 18 de julio de 1952, de la hélice de ADN (cristalina)» y expresaba la esperanza de que Wilkins «hablara en memoria de la difunta hélice».
Su método era lento por decisión propia. A lo largo de 1952, ella y Gosling sometieron sus imágenes de rayos X a un análisis matemático largo y laborioso, y Franklin se oponía con firmeza a construir modelos teóricos antes de disponer de los datos. «No vamos a especular, vamos a esperar, vamos a dejar que las manchas de esta fotografía nos digan cuál es la estructura [del ADN]», dijo.
Las manchas la estaban acercando a la respuesta. Su cuaderno muestra que en febrero de 1953 ya había pensado en una estructura helicoidal para la forma B, aunque dudaba del número de cadenas, y escribió: «Pruebas de una hélice de 2 cadenas (o de 1 cadena)». Aaron Klug, que examinó sus papeles tras su muerte, creyó al principio que ella no se había convencido de la doble hélice hasta conocer el modelo de Cambridge. Más tarde encontró un borrador original de su manuscrito, fechado el 17 de marzo de 1953, que dejaba claro que ya había llegado a la estructura correcta. La noticia del modelo de Watson y Crick llegó al King’s al día siguiente. El propio Sutton había sostenido en 2023 que Franklin estuvo cerca del descubrimiento: a principios de 1953, según sus notas, contemplaba de forma explícita una hélice de dos cadenas.
El 25 de abril de 1953, Nature publicó tres artículos sobre la estructura del ADN. El de Watson y Crick solo reconocía a Franklin en una nota a pie de página, donde afirmaban haberse sentido «estimulados por un conocimiento general de la contribución “inédita” de Franklin y Wilkins». En virtud de un acuerdo entre los directores de ambos laboratorios, los artículos de Wilkins y de Franklin, con sus datos de rayos X, aparecieron en segundo y tercer lugar en el mismo número, en apariencia solo como respaldo del modelo. Watson y Crick reconocieron más tarde que, sin los datos de Franklin, «la formulación de nuestra estructura habría sido muy improbable, si no imposible».
Franklin murió de cáncer de ovario en 1958, a los 37 años. El premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1962 fue para Crick, Watson y Wilkins; el galardón nunca se concede a título póstumo. No fue hasta 1999 cuando Watson dijo que «la fotografía de Franklin fue el acontecimiento clave», escribe Garman. Cuando apareció La doble hélice, incluso quienes habían compartido el premio con él protestaron. Crick le escribió a Watson que el libro era engañoso y de mal gusto, y Wilkins dijo que era injusto con casi todos los que aparecían en él, salvo con Watson.
El físico e historiador Robert Crease asistió en una ocasión a un ciclo de conferencias de Watson en el Laboratorio Nacional de Brookhaven. Tras la primera charla, dedicada a los acontecimientos que rodearon el descubrimiento, hubo tiempo para una sola pregunta. Una mujer levantó la mano. «Doctor Watson», preguntó, «me pregunto si podría comentar un poco más la contribución de Rosalind Franklin al descubrimiento del ADN». Parte del público aplaudió.
