El arponero había fallado, y recogía despacio sus hierros por encima de la borda, dándole vueltas al asunto, mientras el capitán perdía la paciencia en la popa del bote. «¡Torpe!», le gritó, ronco de rabia. «¡Y tú te llamas ballenero! ¡No sirves más que para ensartar anguilas! ¡Cobarde! ¡Maldito sea si no le tienes miedo a la ballena!» El hombre se levantó de su banco como si lo hubiera mordido una serpiente. Se quedó un instante de pie, con la cara ardiendo, dejó caer el hierro que acababa de recoger, giró a medias y se lanzó de cabeza al mar. El remero que recogía el cabo en la parte trasera del bote advirtió a tiempo lo que pretendía y lo agarró por el talón. No volvió a bordo sin pelear. Después el capitán intentó calmarlo con buenas palabras, sinceramente arrepentido, porque sabía que era un hombre de corazón noble y sabía también qué había tocado su insulto.
La escena es de 1839, de las páginas de The Knickerbocker, en un artículo de J. N. Reynolds titulado Mocha Dick: o la ballena blanca del Pacífico, presentado como una hoja de un diario manuscrito. Mocha es una isla frente a la costa de Chile, a 38 grados 28 minutos de latitud sur, veinte leguas al norte de Mono del Bonifacio y frente al río Imperial. En el siglo anterior la habitaron españoles; en tiempos de Reynolds llevaba años abandonada. El clima es suave, los inviernos apenas se distinguen de los veranos, en las tierras bajas no se conoce la helada y la nieve es rara incluso en las cumbres más altas.
La ballena que tomó el nombre de la isla tenía fama dispareja entre los hombres que la perseguían, y Reynolds es cuidadoso al respecto. Según el ballenero que cuenta la historia, no era una criatura de maldad constante. A veces rodeaba un barco sin hacer nada, o nadaba perezosamente entre los botes cuando estos iban armados con todo el equipo necesario para exterminar a los de su especie. Esa tolerancia no le sirvió de nada. Si sus enemigos no tenían otro cargo que hacerle, juraban ver una malicia escondida en el movimiento largo y descuidado de su cola. Lo cierto, escribe Reynolds, es que toda esa indiferencia desaparecía con el primer pinchazo del arpón, y que a menudo la única salida que les quedaba a sus atacantes derrotados era cortar el cabo y huir hacia el barco.
La caza, en Reynolds, es tanto una carrera entre botes como una persecución. Media milla por delante estaba el objeto de nuestra emulación y nuestra ambición, moviendo su enorme masa en saltos torpes, como si no advirtiera en absoluto nuestra llegada. Ahí resopla, un macho viejo, por Júpiter, ochenta barriles esperando ser remolcados hasta el costado del barco. Las palas resistentes se doblaban como mimbres y vibraban como acero templado bajo el sol tibio; el agua hervía bajo la proa y las olas abiertas se cerraban silbando y girando en la estela. Para llegar a ser un remero de primera, explica el narrador, hace falta un don natural, y cada uno de los hombres de su tripulación remaba como si hubiera nacido con un remo en la mano. La historia se cuenta ante un público, en tierra o a bordo, y alguien la interrumpe: el oficial del Penguin, un cazador de focas que hasta ese momento había escuchado entusiasmado, tomó un comentario como un insulto a su oficio, se levantó de un salto y se plantó delante del narrador. Tú, empezó, tú, matador de ballenas. Reynolds dice que ha olvidado la expresión exacta que lo ofendió.
Más de un siglo después, en marzo de 1955, el diario Het Parool publicó un extenso reportaje sobre la caza de ballenas en los mares del Sur que recordaba lo que quizá fue el mayor combate del animal, narrado como una batalla naval. Mocha Dick salió a la superficie a milla y media a barlovento con su habitual soplido estruendoso, subiendo tan rápido que por un momento, a esa distancia, pareció sostenerse sobre la cola antes de caer de costado con un ruido de casa que se derrumba en el agua. Salieron seis balleneras, dos de cada uno de los tres barcos, y se quedaron meciéndose sobre el lugar donde se había hundido, esperando veinte minutos. Cuando volvió a subir, las tripulaciones ya habían descifrado su método: un hombre vio a tiempo la montaña de carne y hueso que ascendía bajo su bote y gritó, y los remeros ciaron como poseídos. La ballena falló, golpeó el aire y cayó con un estrépito que los empapó. Un bote estadounidense se deslizó entre la espuma levantada, el arpón voló sobre el agua y quedó clavado, temblando, en la piel pálida. Entonces el animal giró. El bote estadounidense, sujeto a él por el arpón, iba dando saltos detrás como algo enloquecido; volvió a torcerse y alcanzó a un bote británico antes de que pudiera apartarse, se puso de costado, lo tomó entre las mandíbulas y lo sacudió con la cabeza en alto, como un terrier sacude a una rata. Tres barcos y noventa hombres tocaron retirada. El periódico, citando la descripción de Whipple, la llama una derrota completa de unos hombres insignificantes frente a un animal poderoso.
El Moby Dick de Melville parece derivar de este animal real, y el investigador Ben Rogers ha sostenido que el cambio de nombre es justamente la clave. Uno de los sentidos de mob es envolver con una capucha o un velo; si se le añade la terminación adjetival se obtiene moby, es decir, que tiene la cualidad de estar encapuchado, sobre todo alrededor de la cabeza, lo que corresponde al «gran fantasma encapuchado» de Ishmael. Dick podría ser abreviatura de Dickens, eufemismo por el diablo, o evocar a Dicky, un oficial que actúa por encargo, algo apropiado para una ballena concebida como Dios o como agente de Dios. Rogers señala otro sentido más: dick era jerga para diccionario y también para el uso de palabras largas, y en el capítulo «Cetología» Melville propone «Macrocéfalo de las Palabras Largas» como nombre del cachalote, donde macrocéfalo significa cabeza grande. La broma continúa: el largo capítulo de «Cetología» es un intento inútil de definición, y la ballena esquiva los arpones intelectuales del autor.
Melville sabía que intentaba lo imposible y lo dijo. Clasificar los elementos de un caos, nada menos que eso se intenta aquí. Y acumula autoridades para demostrarlo: el capitán Scoresby en 1820, que afirma que ninguna rama de la zoología es tan enredada como la cetología; el cirujano Beale en 1839, que informa de la confusión absoluta que reina entre los historiadores del cachalote; las frases sobre un velo impenetrable que cubre nuestro conocimiento de los cetáceos y sobre un campo sembrado de espinas.
Ese Beale no es un simple adorno. Raffaele d’Isa y Charles Abramson han sostenido que La historia natural del cachalote de Beale, de 1839, Las aventuras del ballenero en el océano austral de Henry Cheever, de 1850, y Las focas y las ballenas de los mares británicos de Thomas Southwell, de 1881, hicieron algo más que reunir conocimientos: contribuyeron a despertar la conciencia de que las ballenas podían necesitar protección. Beale y Cheever estuvieron entre los primeros naturalistas que trataron directamente con ballenas vivas, y rechazaron el estereotipo dominante del monstruo sanguinario de las profundidades: describieron animales capaces de pensar y de sentir, lo que obligó a los lectores a enfrentarse al sufrimiento animal y a la extinción.
Melville tenía su propia versión de la ballena como divinidad, y es el capítulo más sombrío del libro. A bordo del Jeroboam, un tripulante que había sido profeta entre los shakers de Neskyeuna se proclamó el arcángel Gabriel, ordenó al capitán que se arrojara al mar y se declaró libertador de las islas del mar y vicario general de toda Oceanía. Cuando avistaron a Moby Dick, advirtió que no lo atacaran. El primer oficial, Macey, fue de todos modos con cinco hombres, y fue lanzado desde la proa de su bote y murió sin una sola marca de violencia en el cuerpo, todo ello a la vista del barco. ¡La redoma, la redoma!, chilló Gabriel, y la tripulación aterrada abandonó la caza. Cuando el capitán Mayhew le preguntó si pensaba cazar él mismo a la ballena blanca, Ahab respondió: «Sí».
Het Parool cerró su reportaje de 1955 con las cifras. Los balleneros modernos persiguen a los animales con cañones y fábricas flotantes, y como el aceite va a parar a la margarina, a uno de los millonarios de la margarina lo han llamado el Príncipe de las Ballenas, título que al periódico le parecía más apropiado para los hombres sin nombre que atacaban a esas criaturas en barcos pequeños, con armas malas y cartas náuticas llenas de espacios en blanco. Así se hicieron fortunas: el Morgan dejó dos millones de dólares a sus diversos propietarios a lo largo de treinta y siete viajes y setenta y cinco años. El trato era duro, los castigos crueles, la comida a menudo mala, y el capitán hacía además de médico, cirujano y dentista del barco.
En Reynolds, la mañana siguiente a la caída del arponero al agua, los hombres estaban desayunando. El vigía del palo de trinquete cantó alegremente: «¡Ahí salta!» En un instante todos estaban de pie.
