Un día de agosto de 2019, Chen Yuanhui se inclinó sobre una jaula en una habitación de las montañas de Mangshan para observar a una serpiente joven, y algo oscuro se lanzó hacia su cabeza desde arriba. Saltó hacia atrás por puro instinto. Lo que lo había atacado era una víbora de Mangshan que se había escapado de su recinto. Después escribió en redes sociales que había vuelto a escapar de la muerte una vez más.
Esas dos palabras, «una vez más», dicen mucho. En más de treinta años de estudiar esta serpiente lo han mordido más de veinte veces, nueve de ellas la propia víbora de Mangshan, y dos de esas mordeduras casi lo matan. Hoy tiene 77 años y sigue en primera línea investigando y protegiendo a la especie que descubrió hace 37 años. En los pequeños restaurantes al pie de Mangshan basta con decir «Doctor Serpiente» para que todos sepan de qué hombre de pelo blanco se habla.
Todo empezó con un paciente. Chen nació en Guangdong, terminó sus estudios en una escuela de medicina clínica de Hunan a los diecinueve años y trabajó en un centro de investigación sobre mordeduras de serpiente. Cuando el centro cerró, en 1982, no aceptó un puesto en la ciudad: se internó en las montañas de Mangshan y se instaló allí como médico especializado en mordeduras. En 1984, en el hospital del personal de la granja forestal de Mangshan, atendió a un trabajador mordido por un animal extraño. La serpiente, que los vecinos llamaban «el pequeño dragón verde», era amarilla y verde, con la cola blanca y unas marcas que parecían cuadrados vistas desde arriba y triángulos vistas de lado.
Chen conocía bien las serpientes venenosas. Las cobras reales son negras; las víboras de bambú son verdes, pero pequeñas; la serpiente de los cinco pasos es grande, pero marrón. Ninguna encajaba. En otra versión de la misma conversación, lo que le llamó la atención fue que el paciente dijera que la serpiente era más gruesa que una botella de vino y que tenía la cola cada vez más blanca. En cualquier caso, llegó a la misma conclusión: se trataba de una especie que nadie había descrito.
Siguieron cinco años de búsqueda. Cada día de descanso subía a la montaña. Se encontró con osos. Se perdió. Nunca pensó en abandonar. En 1989 supo que un trabajador había capturado un nido de veintitrés serpientes que coincidían con la descripción del pequeño dragón verde. Sin decirle nada a su esposa, gastó el dinero que la familia llevaba tres años ahorrando para comprar un refrigerador y compró las serpientes.
Estaba entusiasmado, contó después, y envió fotografías a expertos provinciales, pero las imágenes en blanco y negro no bastaban para confirmar nada. Entonces llevó dos crías recién nacidas a Chengdu, al zoólogo Zhao Ermi. Eran demasiado pequeñas para ser concluyentes. Volvió a Yizhang, consiguió un ejemplar adulto y repitió el viaje. En 1990, Zhao y Chen publicaron juntos un artículo que describía al animal, la quincuagésima especie de serpiente venenosa de China, con el nombre de víbora de Mangshan. La descripción apareció en el Sichuan Journal of Zoology bajo el género Trimeresurus; hoy la especie se clasifica en Protobothrops.
Ponerle nombre fue lo fácil. Nadie sabía cuántas quedaban ni hasta dónde llegaba su territorio, y la granja forestal promovía por entonces un lema sobre ganar dinero matando serpientes. Chen acudió a las autoridades del condado y defendió que primero venía la protección y después la investigación. Costó casi un año de idas y venidas, pero la petición que redactó terminó publicándose como documento oficial, lo que detuvo el comercio de serpientes muertas y evitó que la especie desapareciera casi al mismo tiempo que se descubría.
El animal merece el esfuerzo. Es una víbora nocturna que pesa entre tres y cinco kilos y puede medir hasta 203 centímetros, con la punta de la cola blanca, que mueve como si fuera una larva para atraer a sus presas. Su veneno coagula la sangre y destruye el tejido muscular, y puede matar a una persona si no se trata. A diferencia de otras víboras, la hembra pone entre trece y veintiún huevos y los vigila hasta que nacen las crías.
Chen consiguió criarlas. En 1994 nacieron las primeras víboras de Mangshan en cautiverio; en 2017 incubó diez en condiciones que imitaban las naturales; en 2022 había criado 160, todas liberadas en la reserva natural de la montaña. Algunos años pasó medio año en la montaña, porque estas serpientes son nocturnas y él tenía que dormir a la intemperie y adentrarse en el bosque con una linterna. Mangshan ocupa más de doscientos kilómetros cuadrados, dijo, y casi no hay un rincón donde no haya dejado sus huellas. Cargaba un equipo pesado: saco de dormir, tienda, ropa, comida seca, cámara de fotos, cámara de video, papeles y cuatro o cinco linternas de distintos tamaños, por si se agotaban las pilas.
El precio no lo pagó solo él. Su esposa estuvo a punto de divorciarse por culpa de las serpientes. Su hija, preocupada, pasó cuatro años después de graduarse sin buscar trabajo para poder subir a la montaña con él y cuidar serpientes en casa. La familia nunca se mudó de su casa de 51 metros cuadrados, y allí mismo criaba a las víboras. Después de que la UICN clasificara la especie como En Peligro en 2011, los precios del mercado negro habrían superado el millón de yuanes, unos 150.000 dólares, por ejemplar. Chen rechazó todas las ofertas, y cuando un traficante le robó una serpiente del foso, trasladó a las que había criado al interior de su propia casa.
La novena mordedura llegó el 18 de agosto de 2003, de una cría que estaba liberando, en el dedo medio de la mano izquierda. Sabía perfectamente lo valiosos que son los tres primeros minutos, y los dedicó a la cámara, porque era la primera cría salvaje que encontraba y quería las primeras fotografías y el primer video. Perdió el conocimiento antes de bajar de la montaña. La hinchazón le subió del dedo hasta el pecho. El dolor, contó, le llegaba a los huesos y al corazón. Sus colegas ya habían preparado el discurso de despedida. Su familia siguió dándole medicinas aunque pareciera inútil, y al cabo de tres días y tres noches volvió en sí, sin medio dedo.
Según sus propios cálculos, quedan menos de seiscientas de estas víboras. Que él sepa, es la única persona en el mundo que ha estudiado la especie a largo plazo en su hábitat natural, aunque el equipo de protección ya lo forman tres o cuatro personas. El trabajo necesita a alguien que no tema el esfuerzo, ni el cansancio, ni la muerte, ni las serpientes, y que soporte la soledad. Esa persona es difícil de encontrar, dijo, y espera conocerla mientras siga vivo.
Una de sus serpientes terminó como ejemplar en el Museo Nacional de Zoología de China, donada por él mismo. Este año el museo criticó públicamente a un hombre que animó a sus dos hijos a jugar con el ejemplar hasta dañarlo. Chen dijo que estaba destrozado y que no entendía cómo un adulto podía dejar que unos niños trataran como un juguete algo tan valioso, y que la responsabilidad era enteramente del padre. «Los niños no entienden, pero los adultos sí deberían», afirmó.
