Jornadas de doce horas en el quiosco de prensa de la estación Penn de Newark, vendiendo periódicos a quienes viajaban cada mañana a Manhattan, muchos de ellos rumbo al World Trade Center. Comida rápida al mediodía, cervezas frías al terminar el turno y después el regreso a un apartamento modesto en Jersey City, la cena en una cocina vieja y películas de acción alquiladas en el videoclub del barrio. Como tantos otros inmigrantes, enviaban dinero a su familia en la India.
La mañana del 11 de septiembre de 2001, Mohammed Jaweed Azmath y Ayub Ali Khan salieron del aeropuerto de Newark con destino a San Antonio. Su vuelo quedó en tierra en St. Louis poco después de los atentados, así que compraron billetes en un tren de Amtrak hacia Texas. Llevaban dos cúteres, tinte negro para el pelo y unos 5.600 dólares en efectivo. Dijeron a las autoridades que iban a abrir un puesto de fruta. El 12 de septiembre, la policía los bajó del tren en Fort Worth.
La primera sospecha no fue de terrorismo: se pensó que podían ser contrabandistas de droga, porque habían pagado los billetes en efectivo justo antes de salir y parecían nerviosos al ser interrogados. Quedaron detenidos por posibles infracciones migratorias y ese fin de semana se registró su apartamento de Jersey City.
Pronto, sin embargo, todo empezó a leerse de otra manera. El informe policial de Fort Worth describía a ambos como extremadamente nerviosos. Los investigadores descubrieron que habían recibido transferencias de dinero. Y el FBI reparó en que llevaban el pelo muy corto y el cuerpo rasurado, algo que interpretó como una posible señal de que se habían preparado para morir en un atentado como el que acababa de ocurrir.
Los cúteres eran el arma que, según se dijo, habían usado los secuestradores, y en una semana The Washington Post publicaba los dos nombres, el dinero, el tinte y los cuchillos. El 29 de septiembre, un artículo de Dan Eggen y Bob Woodward, parte de un trabajo que ganaría el Pulitzer de 2002, citaba a una fuente anónima según la cual ambos tenían formación como pilotos.
Ninguno fue acusado de nada relacionado con el 11 de septiembre. Permanecieron encerrados como testigos materiales en un centro federal de detención de Manhattan, sin que el FBI explicara públicamente por qué se concentraba en ellos. Un antiguo compañero de piso, Rashed Mazhar, declaró que los dos habían perdido su trabajo en el quiosco de Newark, que iban a San Antonio a buscar empleo en una tienda y que no eran terroristas.
Seis semanas después del arresto, el 26 de octubre de 2001, el presidente George W. Bush firmó la Ley Patriota. Según la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles, esos nuevos poderes sirvieron para retener indefinidamente a decenas de hombres, en su mayoría árabes y musulmanes, detenidos solo como testigos y nunca llevados ante un tribunal a declarar. Azmath y Khan, cuyo nombre real resultó ser Syed Gul Mohammed Shah, fueron dos de ellos. Su calvario duró catorce meses.
Lo que los dos hombres ocultaban era mucho más pequeño y más común. Habían conseguido sus pasaportes a través de un gestor corrupto. Azmath se había puesto más años de los que tenía para obtener el visado, y su esposa, Tasleem Murad, pakistaní, no tenía ciudadanía india. Murad dijo a The New York Times que su marido no era ni mucho menos el primero en mentir sobre su edad para un visado, que no tenía malas intenciones y que ya había pagado por ello.
El caso penal que finalmente llegó no se parecía en nada al que el país había leído en la prensa. En el Distrito Sur de Nueva York, ante el juez Lawrence M. McKenna, una denuncia acusó a Mohammed Azmath y a Syed Gul Shah de conspiración para cometer fraude con tarjetas de crédito. La condena fue de doce meses y un día de prisión y tres años de libertad supervisada, por un solo cargo.
Azmath llegó a Hyderabad a las dos de la madrugada de un viernes de enero de 2003, absuelto de las acusaciones de terrorismo y condenado por fraude. Tenía treinta y dos años. Contó que el FBI le había mostrado una licencia de vuelo y le había dicho que era piloto y navegante. «Me dijeron que yo era uno de los que atacaron el World Trade Center, que era de Egipto. Decían que podían hacer cualquier cosa y conseguir mis fotografías y mi pasaporte de ese país», relató. Le aseguraron que nunca volvería a ver a su familia. «Decían que mi castigo por atacar el World Trade Center sería la pena de muerte. Las luces de la prisión estaban encendidas las 24 horas, no me dejaban dormir y durante varios días me tuvieron en temperaturas heladas.» Cuando le preguntaron qué haría a partir de entonces, respondió que descansaría unos días y empezaría de nuevo.
