Washington Roebling, el ingeniero que dirigía la construcción del puente de Brooklyn, bajó en 1871 a uno de sus cajones neumáticos para comprobar con sus propios ojos en qué condiciones trabajaban sus hombres. Salió con un caso extremo de lo que los obreros llamaban la enfermedad de los cajones, y quedó paralizado para el resto de su vida.
No fue el primero ni sería el último. La enfermedad había seguido a un nuevo método de construcción desde las minas de carbón de Francia hasta los grandes ríos de Estados Unidos, y en la década de 1870 nadie sabía qué la causaba.
Un cajón neumático, en inglés caisson, palabra que viene del francés y significa «caja», era una enorme cámara llena de aire comprimido. Servía para construir los pilares y cimientos que sujetan un puente en el fondo de un río: los hombres excavaban abajo mientras la presión del aire mantenía el agua fuera. El método hacía la obra más rápida y barata, pero tenía un coste oculto, y la enfermedad era frecuente. Hoy se llama enfermedad por descompresión. Cuando la presión que rodea a una persona baja deprisa, el nitrógeno disuelto en la sangre y los tejidos puede formar burbujas, que provocan dolor en las articulaciones, falta de aire, picores, confusión y convulsiones.
Roebling había empezado a trabajar en mayo de 1870 en un puente de unos 490 metros que uniría Manhattan y Brooklyn. Sus cajones, de unos 1.500 metros cuadrados, eran más grandes que cualquiera construido hasta entonces: triplicaban el tamaño de los que se usaban en el puente que se levantaba sobre el Misisipi, en San Luis. El proyecto lo había ideado su padre, John A. Roebling, que murió durante las primeras obras.
La primera persona que usó una cámara presurizada para trabajar fue Charles-Jean Triger, ingeniero civil y geólogo francés. En 1840 bombeó aire comprimido en una cámara abierta por abajo para extraer carbón en el valle del Loira, y así los mineros pudieron cavar por debajo del nivel del agua. Aquella cámara produjo las primeras lesiones conocidas por aire comprimido. Más tarde, dos médicos contratados por Triger, B. Pol y T. J. J. Watelle, atendieron a 64 obreros y relacionaron con acierto la gravedad de la enfermedad con la velocidad de la descompresión. En 1854 fueron los primeros en proponer que volver a someter al paciente a presión podría curarlo.
En San Luis, los cajones del puente diseñado por James Eads descendieron hacia la roca firme, a unos 30 metros bajo la superficie del Misisipi. Al llegar a unos 18 metros, los hombres ya se quejaban de dolor en las articulaciones, parálisis parcial de las piernas, dolores de cabeza y picores. Muchos salían encorvados de dolor, una postura que recordaba la llamada «curva griega», una manera de estar de pie que entonces estaba de moda entre las mujeres; por eso se decía que los afectados tenían «las curvas». Al final de la obra, casi una cuarta parte de los trabajadores había sufrido la enfermedad: hubo 30 hospitalizaciones, 13 muertes y dos hombres con discapacidad permanente.
Allí, en 1870, el médico Alphonse Jaminet montó una enfermería con catres y mantas en una barcaza junto a las obras, una de las primeras clínicas laborales a pie de obra en Estados Unidos. Obligaba a los obreros a quedarse con él al menos una hora después del trabajo mientras bebían un caldo de carne bien fuerte. Él mismo bajó al cajón y, al subir, sufrió dolor de oídos y fuertes escalofríos, así que aconsejó a los hombres abrigarse mientras se liberaba la presión. Aunque se equivocó sobre la causa, fijó ritmos estándar para entrar y salir de los cajones, un primer paso hacia la prevención.
En Brooklyn, los obreros quedaron al cuidado de Andrew H. Smith, especialista en enfermedades de la garganta. Registró 86 casos y los trató con morfina o atropina, pero como nadie conocía la verdadera causa, poco pudo hacer para evitarlos.
Mientras tanto, Roebling se enfrentaba a los límites de su propio diseño. Preocupado por el aumento de heridos y muertos, detuvo la excavación a unos 24 metros, antes de llegar a la roca, y, en contra de lo que le aconsejaron, asentó la torre de Manhattan sobre arena.
Otra persona llevó parte del trabajo al mundo exterior. En mayo de 1883, un periódico de Sacramento contó que unos representantes de fábricas viajaron a Nueva York para consultar al coronel Roebling y se quedaron muy sorprendidos cuando la señora Roebling se sentó con ellos y, gracias a sus conocimientos de ingeniería, resolvió sus dificultades. El puente se inauguró ese mismo mes.
Abram S. Hewitt habló en nombre de la ciudad de Nueva York. Dijo que «el nombre de la señora Emily Warren Roebling quedará así unido para siempre a todo lo admirable de la naturaleza humana». También recordó el precio que pagó la familia: «La muerte fue, en efecto, el destino de su gran creador, y una terrible enfermedad la herencia del ingeniero, aún más grande, que lo ha terminado».
La explicación llegó del fisiólogo francés Paul Bert. Demostró que la enfermedad se debía a una descompresión rápida y recomendó descomprimir más despacio, dar oxígeno puro en los casos leves y volver a aplicar presión de inmediato en caso de parálisis. Esas tres prácticas siguen siendo hoy la base del tratamiento.
Nada de eso llegó a tiempo para los hombres del East River. Hewitt pidió a su público que recordara, junto a los ingenieros, a los hombres sin nombre que, con un valor inquebrantable en las profundidades de los cajones, habían construido el puente.
