El arponero había fallado el tiro y recogía despacio su arpón por el costado de la lancha, pensando en lo ocurrido, mientras el capitán, en la popa, perdía la paciencia. El capitán le gritó, ronco de rabia, que era un torpe, que no servía para cazar ballenas sino para pescar anguilas, y que tenía miedo del animal. El hombre se levantó de su banco como si lo hubiera mordido una serpiente. Se quedó quieto un momento, con la cara ardiendo, dejó caer el arpón que acababa de recoger y se lanzó de cabeza al mar. Un compañero que ordenaba el cabo en la parte trasera de la lancha entendió a tiempo lo que quería hacer y lo agarró por el talón. El hombre no volvió a bordo sin pelear. Después el capitán intentó calmarlo con buenas palabras, porque estaba realmente arrepentido: sabía que era un hombre de buen corazón y sabía dónde había dolido su insulto.
La escena aparece en 1839, en la revista The Knickerbocker, en un artículo de J. N. Reynolds titulado Mocha Dick: Or the White Whale of the Pacific, presentado como una página de un diario personal. Mocha es una isla frente a la costa de Chile, a los 38 grados 28 minutos de latitud sur, frente al río Imperial. Allí vivieron españoles durante el siglo anterior, pero en la época de Reynolds la isla llevaba años abandonada. El clima es suave, los inviernos casi no se distinguen de los veranos y la nieve es rara incluso en las cumbres más altas.
La ballena que tomó el nombre de la isla tenía una fama dividida entre los hombres que la cazaban. Según el ballenero que cuenta la historia, no era un animal malvado. A veces pasaba tranquilamente alrededor de un barco, o nadaba con calma entre las lanchas, aunque estas iban armadas para matarlo. Esa paciencia no le sirvió de nada: si sus enemigos no tenían otra cosa que decir, juraban que veían maldad en el movimiento lento de su cola. Lo seguro, escribe Reynolds, es que toda esa indiferencia desaparecía con el primer arponazo, y que muchas veces la única salida para los atacantes era cortar el cabo y huir hacia el barco.
Más de un siglo después, en marzo de 1955, el diario Het Parool contó lo que quizá fue su mayor combate. Mocha Dick salió a la superficie a más de dos kilómetros, con tanta fuerza que por un momento pareció ponerse de pie sobre la cola antes de caer de costado con un ruido enorme. Salieron seis lanchas, dos de cada uno de tres barcos, y esperaron veinte minutos sobre el lugar donde había desaparecido. Cuando volvió a subir, los hombres ya conocían su método: uno vio a tiempo la montaña de carne y hueso que subía bajo su lancha y gritó, y los remeros retrocedieron como locos. La ballena falló y cayó otra vez al agua. Una lancha estadounidense se acercó y el arpón cruzó el aire y quedó clavado, temblando, en la piel pálida. Entonces el animal se volvió. Arrastró a la lancha estadounidense detrás de él, giró de nuevo y alcanzó a una lancha británica antes de que pudiera escapar: la tomó entre sus mandíbulas y la sacudió con la cabeza en alto, como un perro sacude a una rata. Tres barcos y noventa hombres se retiraron.
De ese animal real parece venir el Moby Dick de Melville, según ha argumentado el investigador Ben Rogers. Melville sabía que intentaba algo imposible y lo dijo: clasificar las ballenas era ordenar el caos. Citaba al capitán Scoresby, que en 1820 escribió que ninguna rama de la zoología era tan confusa, y al cirujano Beale, que en 1839 habló de una confusión total entre los historiadores del cachalote.
Ese Beale no es un adorno. Raffaele d’Isa y Charles Abramson han sostenido que su libro de 1839, junto con los de Henry Cheever y Thomas Southwell, ayudó a despertar la idea de que las ballenas necesitaban protección. Beale y Cheever fueron de los primeros naturalistas que trataron con ballenas vivas y rechazaron la imagen del monstruo sanguinario del mar: describieron animales capaces de pensar y de sentir.
Het Parool cerró su artículo con las cifras. Los balleneros modernos usan cañones y barcos fábrica, y como el aceite va a la margarina, a uno de los millonarios de la margarina lo llamaron «el príncipe de las ballenas». El diario pensaba que ese título correspondía más bien a los hombres sin nombre que salían en barcos pequeños, con malas armas y mapas llenos de espacios vacíos. También se ganaron fortunas: el Morgan dio dos millones de dólares a sus dueños en treinta y siete viajes y setenta y cinco años. El trato era duro, los castigos crueles, la comida mala, y el capitán era además médico, cirujano y dentista del barco.
En el relato de Reynolds, la mañana siguiente al salto del arponero los hombres estaban desayunando. Desde lo alto del palo, el vigía cantó alegremente: «¡Ahí salta!». En un instante todos estaban de pie. «¿Por dónde?», gritó el capitán mientras corría.
