En 1877, una mujer que firmaba como Mrs. Gill desembarcó en Garrison, el pequeño asentamiento de la isla Ascensión, junto a su marido David, astrónomo. Les habían hablado de un lugar llamado Green Mountain, la «Montaña Verde». Rodeados de lava negra y colinas rojas, lo buscaron con la mirada y no encontraron nada. Concluyeron que se trataba de «una fábula» y de «un mero mito», y se dijeron el uno al otro: «Nada verde».
La montaña sí existía. Green Mountain es un volcán y el punto más alto de Ascensión, y hoy es conocido por algo poco común: podría ser uno de los escasísimos grandes bosques del planeta plantados por el ser humano. El ecosistema de sus laderas es casi totalmente artificial. Todo empezó como un plan para llevar agua a una roca en medio del océano.
Ascensión se encuentra en el Atlántico, a medio camino entre África y Sudamérica, un poco al sur del ecuador. Quienes la vieron hace dos siglos la describieron con auténtico espanto. Uno escribió que era la tierra más estéril que habían visto sus ojos. Otro aseguró que solo producía tortugas, ratas y noches en vela. La isla tiene apenas un millón de años y está a más de 1.500 kilómetros de cualquier gran masa de tierra, así que muy pocas plantas llegaron a ella por sí solas. Los científicos cuentan entre 25 y 30 especies autóctonas de plantas vasculares, y diez de ellas no crecen en ningún otro lugar.
A la isla no se iba por sus plantas, sino por su posición. El navegante portugués João da Nova la descubrió en 1501, pero nadie vivió allí hasta que Napoleón fue desterrado a Santa Elena en 1815. Entonces, el Gobierno británico instaló una pequeña guarnición en Ascensión. Los soldados y marineros necesitaban agua, y había muy poca. Cuando el explorador William Dampier naufragó en la costa en 1701, encontró el único manantial de agua dulce de la isla, en lo alto de Green Mountain. Según la Encyclopædia Britannica de 1911, la única vegetación de la isla estaba entonces en esa cumbre, que se mantenía verde porque la niebla la cubría a menudo.
Charles Darwin llegó a bordo del Beagle el 19 de julio de 1836. Describió conos rojos y lisos que se alzaban sobre un paisaje volcánico y seco, y escribió que «cerca de esta costa no crece nada». Comparó la isla, gobernada al estilo de la Marina, con «un enorme barco mantenido en perfecto orden».
Siete años después desembarcó otro joven naturalista. Joseph Dalton Hooker era el botánico de la expedición antártica de Sir James Clark Ross, y en 1843 los barcos hicieron escala en Ascensión de regreso a casa. Hooker propuso cubrir la isla de plantas, con la esperanza de que lloviera más y de facilitar la vida de la guarnición. En su opinión, el éxito dependía sobre todo de nombrar a un encargado que dirigiera una granja. Ya en Gran Bretaña, según su biógrafo, estaba incluso dispuesto a volver para informar sobre «la isla de Ascensión, una roca estéril».
Empezaron a llegar árboles y semillas, y con el tiempo arraigaron. Un informe del Almirantazgo de 1865 afirmaba que la isla «posee ahora bosquecillos de 40 clases de árboles, además de numerosos arbustos; gracias a la expansión de la vegetación, el suministro de agua es ahora excelente». A principios del siglo XX ya crecían plátanos y guayabas silvestres.
El libro de Mrs. Gill, publicado en 1878, muestra lo frágil que seguía siendo ese suministro. Por la noche, ella veía al ganado sediento rondar la casa tras bajar de la montaña en busca de comida y agua. También contó la historia de un manantial excavado en 1830, que llegó a dar unas cinco toneladas de agua al día pero acabó secándose. En 1877, una larga sequía obligó a buscarlo de nuevo, y cuando los Gill lo visitaron, apenas daba una tonelada diaria.
Los Gill habían venido a medir el cielo, y la montaña se lo puso difícil. Noche tras noche, se formaban nubes espesas sobre ella que, en palabras de la autora, «entorpecían lamentablemente el trabajo astronómico». Una noche, la montaña estaba «ocupada enviando una hilera de nubes» justo delante de Marte. Al final trasladaron su observatorio a Mars Bay, una franja de roca desnuda en la costa sur, lejos de la montaña. Cuando por fin pasaron unas vacaciones en Green Mountain, subieron en carro junto a un tubo de hierro que llevaba el agua a Garrison, hasta llegar a prados y jardines.
Esas nubes pueden ser la verdadera fuente de agua del bosque. Hooker esperaba que los árboles trajeran lluvia, algo que probablemente nunca ocurrió. Lo que sí hizo seguramente la vegetación fue atrapar más niebla. Los científicos lo llaman intercepción del agua de las nubes: las gotitas de niebla chocan contra hojas y ramas, se unen en gotas más grandes y caen al suelo. Es un fenómeno frecuente en costas e islas expuestas a la brisa marina. En la meseta de Madeira, unos investigadores comprobaron entre 1997 y 1999 que un brezo arbóreo captaba de las nubes casi el doble de agua que la que recibía como lluvia.
También ocurre lo contrario. En la costa de Perú y del norte de Chile, en paisajes de niebla llamados lomas, los bosques se han talado desde el siglo XVI y la tierra se ha convertido en desierto, porque sin árboles la niebla ya no se captura.
El bosque de Green Mountain tiene un precio: el ecosistema que crearon las especies traídas por los británicos ha puesto en peligro algunas de las pocas plantas autóctonas de la isla. Además, la cantidad real de agua que aporta la niebla sigue en estudio. S. Schmitt trabajó en San Cristóbal, en las Galápagos, y en Ascensión, y reconoció que se sabe poco sobre cómo llega la niebla a estas islas secas y que hay pocas mediciones sobre el terreno. Casi 150 años después de que Mrs. Gill viera las nubes bajar de la montaña y tapar Marte, los científicos todavía intentan averiguar cuánta de esa nube acaba convertida en agua.
