A principios de septiembre de 1865, en Port Ross, al norte de la isla Auckland, el capitán Thomas Musgrave y la tripulación del cúter Flying Scud encontraron el cuerpo de un hombre junto a las ruinas de una casa. Llevaba tiempo muerto. Tenía un pie envuelto en trapos de lana. A su lado había una pizarra con unas marcas rayadas. Musgrave escribió que quizá las hizo el pobre hombre antes de morir, pero que solo pudieron leer un nombre: James.
Musgrave sabía bien lo que era estar perdido en aquella isla. Él mismo había pasado allí más de dieciocho meses, y ahora volvía solo para recoger a los dos últimos hombres de su grupo.
Musgrave había nacido en Durham, en el norte de Inglaterra, y desde 1858 vivía con su familia en Australia. En 1863 tomó el mando de la goleta Grafton. Unos inversores, entre ellos el francés François Édouard Raynal, querían buscar una mina de estaño en la isla Campbell y cazar focas. No encontraron el estaño y siguieron hacia las islas Auckland para cazar focas. La noche del 2 de enero de 1864, durante una fuerte tormenta, se rompieron las cadenas del ancla y el barco chocó contra una playa de rocas.
Los cinco hombres llegaron a tierra. Salvaron herramientas, comida y tela de las velas, y vivieron de carne de foca, aves y pescado. Raynal, que había construido cabañas en las minas de oro de Australia, los ayudó a levantar una cabaña sólida con una chimenea de piedra. Por las noches, Musgrave enseñaba a leer a sus hombres.
También escribía un diario, y no era el diario de un hombre tranquilo. «Nunca me perdonaré haber venido a esta aventura», escribió el 21 de febrero de 1864. Pensaba en su mujer y sus hijos en Sydney, que seguramente ya lo creían muerto. El 1 de enero de 1865, un año después del naufragio, anotó: «Se me ha puesto el pelo completamente gris». Para él, el trabajo duro era la única medicina del campamento, y mantenía ocupados a los hombres.
Ningún barco llegó. Primero intentaron construir uno nuevo, pero les faltaba la herramienta para hacer agujeros en la madera y abandonaron el plan. Entonces arreglaron el pequeño bote del Grafton: lo hicieron más alto y le pusieron una cubierta, mientras Musgrave cortaba velas de la tela que cubría el techo de la cabaña. Con ese bote tenían que cruzar unos 390 kilómetros de un océano lleno de tormentas.
El bote no era seguro para cinco personas, así que Harris y Forgés se quedaron en la isla. Musgrave, Raynal y McLaren salieron el 19 de julio de 1865. Muy pronto los alcanzó una tormenta. Durante cinco días y cinco noches, Musgrave sacó con una bomba el agua que entraba en el bote, mientras los otros dos se turnaban al timón. El 24 de julio llegaron a la isla Stewart. Allí el capitán Cross, del Flying Scud, les dio comida y un baño caliente. Después, la gente de Invercargill reunió dinero para que Cross llevara a Musgrave a buscar a sus compañeros.
Encontraron vivos a Harris y Forgés. En el viaje de vuelta llegaron a Port Ross y allí vieron el cuerpo del marinero, que había muerto de hambre. La tripulación lo enterró el 3 de septiembre de 1865.
Lo que Musgrave no sabía era que, durante casi todo ese tiempo, otros náufragos habían vivido en el otro extremo de la isla. El Invercauld, un barco que iba de Melbourne a Callao, en Perú, chocó contra la costa en mayo de 1864, cuatro meses después del Grafton. Los supervivientes habían salvado muy poco y comían raíces y mariscos. Murieron uno tras otro de frío y de hambre. Los dos grupos nunca supieron el uno del otro. Hoy se sabe que el hombre de la pizarra era James Mahoney, segundo oficial del Invercauld.
En mayo de 1865, un barco portugués recogió a los tres últimos supervivientes del Invercauld y los llevó a Callao. Los cinco hombres del Grafton sobrevivieron; de los 25 del Invercauld, solo tres.
Musgrave volvió con su familia en 1865 y prometió a su mujer que nunca más navegaría lejos de la costa. Trabajó como práctico, la persona que guía a los barcos cerca de la costa, en Lakes Entrance, en Victoria. En 1869 se hizo cargo del faro de Wilsons Promontory, y cuidó faros de la costa de Victoria durante el resto de su vida.
