A las once y cuarto de la mañana del 27 de agosto de 1916, un pequeño remolcador a vapor atracó en la isla Picton y comenzó a cargar carbón. Desde la estación naval de Puerto Banner subieron a bordo trescientos sacos, con lo que el total embarcado llegó a setenta y dos toneladas, y la faena quedó concluida en menos de doce horas. A las tres y media de la tarde siguiente levó anclas y puso rumbo a la isla Elefante. Unos noventa y cinco kilómetros al sur del cabo de Hornos, el vigía avistó los primeros témpanos.
El barco era el Yelcho, construido en 1906 por la firma escocesa Geo. Brown and Co. de Greenock, a orillas del río Clyde, para labores de remolque y carga al servicio de una compañía chilena en Puerto Montt. En 1908 lo compró la Armada de Chile y lo destinó a Punta Arenas como remolcador y como buque de abastecimiento de los faros de la región. No tenía radio, ni un sistema de calefacción adecuado, ni alumbrado eléctrico, ni doble casco. Aun así, el gobierno chileno lo ofreció, pese a que era del todo inapropiado para las aguas antárticas, y por delante lo esperaban unos ochocientos kilómetros de mar abierto. Lo mandaba Luis Alberto Pardo Villalón, que había ingresado en la Escuela de Pilotines de Chile en 1900, se había incorporado a la Armada como piloto tercero en 1906 y había sido destinado a la base naval de Magallanes, en el sur del país, como comandante del Yelcho.
Al otro extremo de la travesía esperaban veintidós hombres. Pertenecían a la Expedición Imperial Transantártica de sir Ernest Shackleton, cuyo buque, el Endurance, había quedado atrapado en el hielo del mar de Weddell hasta ser aplastado. Los supervivientes alcanzaron la isla Elefante a pie, en trineo y en botes salvavidas, y el 24 de abril de 1916 Shackleton y cinco compañeros emprendieron en una embarcación abierta una travesía de unos mil trescientos kilómetros hasta Georgia del Sur en busca de auxilio, dejando a Frank Wild al mando de quienes se quedaban. La isla en la que permanecieron es montañosa y está cubierta de hielo, a unos doscientos cuarenta y cinco kilómetros al nornordeste del extremo de la península Antártica y a unos novecientos treinta y cinco kilómetros al sur de las islas Malvinas. Allí el tiempo suele ser brumoso, con nevadas intensas, y el viento puede alcanzar los ciento sesenta kilómetros por hora.
Shackleton ya había intentado tres veces volver a buscarlos. El ballenero Southern Sky dio media vuelta en mayo, cuando una barrera impenetrable de hielo a la deriva apareció a unos ciento diez kilómetros de la isla; no estaba construido para romper hielo y se replegó a Port Stanley. Desde allí Shackleton telegrafió a Londres pidiendo un buque apropiado, y el Almirantazgo le respondió que no habría ninguno disponible antes de octubre, plazo que a su juicio resultaba demasiado tardío. El gobierno uruguayo le prestó un recio pesquero de arrastre, el Instituto de Pesca N.º 1, que partió hacia el sur el 10 de junio, y el hielo frustró también esa tentativa. En Punta Arenas conoció a Allan MacDonald, el armador británico de la goleta Emma, que la equipó para un tercer intento zarpado el 12 de julio y fracasado como los anteriores. Se habían reunido mil quinientas libras para fletarla: una embarcación de setenta toneladas y unos cuarenta años de antigüedad, construida en roble, antiguo barco cazador furtivo de focas. El Yelcho había remolcado a la Emma durante parte del camino hacia el sur, hasta que el cabo de remolque se partió; entonces avisó a voces que sus propias sentinas estaban anegadas y que se le acababa el carbón. Shackleton le autorizó a regresar a puerto.
Frank Worsley, que había mandado el Endurance y acompañó a Shackleton a lo largo de toda la aventura, vio cómo la espera iba marcando a su jefe. Shackleton no tenía una sola cana cuando salieron por primera vez a rescatar a los hombres; al tercer regreso tras un intento fallido, su cabellera espesa, oscura y ondulada empezaba a encanecer. En Punta Arenas estalló su cólera por lo que consideraba restricciones enojosas impuestas a su libertad de acción, y telegrafió a las autoridades en términos durísimos.
Lo que ocurría en la isla solo podía imaginarlo. Wild describiría más tarde una franja de tierra de unos doscientos treinta metros de largo por treinta y siete de ancho; el resto quedó sepultado desde el 25 de abril bajo una gruesa masa de hielo. Los hombres levantaron un refugio con dos botes volcados y apoyados sobre las rocas, que una ventisca de mayo estuvo a punto de arrastrar al mar. Los alimentos exigían un cuidado extremo: una sola comida caliente al día, y la menguante ración de carne estirada con pingüinos, peces y lapas, porque el hielo mantenía a las focas alejadas de la isla. A uno de ellos hubo que amputarle los dedos de los pies. Pasaron el pleno invierno bajo un manto constante de bruma y nieve, y cada vez que el mar se abría renacía la esperanza del rescate.
El relato del propio Shackleton completa el cuadro. La ventisca que comenzó el día del desembarco duró quince días y soplaba a menudo entre ciento diez y ciento cuarenta y cinco kilómetros por hora. En una de las tormentas, el viento lanzaba por el aire láminas de hielo del tamaño de cristales de ventana y de unos seis milímetros de espesor, de modo que caminar a la intemperie era como avanzar entre una avalancha de vidrios rotos. Rickenson sufrió un colapso cardíaco, Blackborrow y Hudson no podían moverse, todos padecían congelaciones en mayor o menor grado y llevaban seis meses sin quitarse la ropa. Aun así celebraron el día de pleno invierno, la gran fiesta polar, con lo que uno de ellos llamó un «magnífico desayuno» de espeso potaje de ración de trineo, un budín inventado por Wild a base de galleta en polvo hervida con doce trozos de un preparado de frutos secos enmohecido, y un concierto dirigido por Hussey con su «banjo indispensable», lo último que se salvó del buque antes de que se hundiera.
El cuarto intento zarpó de Punta Arenas el 25 de agosto. El Yelcho navegó por el canal Beagle y fondeó la noche siguiente frente a Ushuaia, la ciudad más austral del mundo. El tiempo les dio su primer golpe de suerte en mucho tiempo: despejado, apacible, con el mar casi en calma.
Cerca de la isla, Shackleton encontró el hielo abierto, empujado durante un tiempo hacia el norte por un temporal del sur, y el Yelcho aprovechó la ocasión y se coló. Se aproximaron a tierra con una niebla espesa, y él no se atrevió a esperar a que levantara. A las doce menos veinte de la mañana del 30 de agosto la niebla se disipó, se avistó el campamento y el remolcador entró directo en la bahía. Shackleton vio figuras negras que bajaban a toda prisa a la playa y agitaban los brazos. Estaba a unos dos kilómetros y medio del campamento. Viró hacia tierra y en menos de media hora desembarcaba con Crean y algunos marineros chilenos. Worsley, que seguía con la vista el bote, lo oyó gritar: «¿Están todos bien?»
En menos de una hora estaban todos a bordo, en dos viajes de un pequeño bote, junto con los documentos de la expedición y el equipo imprescindible. Los veintidós hombres se encontraban al límite de sus fuerzas. Dos días antes el barco no habría podido entrar siquiera.
El Yelcho llegó a Punta Arenas el 3 de septiembre y fue recibido como un héroe: se había encargado a la policía que difundiera la noticia de que venía con los náufragos, y se hizo sonar la alarma de incendios por si alguien no se enteraba. Desde allí Shackleton envió al Daily Chronicle de Londres el telegrama más breve posible: todos salvados, todos bien. Los periódicos neerlandeses lo publicaron al día siguiente y señalaron que sin duda pronto se conocerían los detalles del rescate.
Pardo fue ascendido de inmediato a piloto primero y recibió medallas, honores navales y el abono de diez años de servicio. Cuando el gobierno británico le autorizó una importante suma de dinero, la rechazó, alegando que no había hecho más que cumplir una misión encomendada por la Armada de Chile. Se retiró en 1919, fue cónsul de Chile en Liverpool entre 1930 y 1934 y murió de bronconeumonía en 1935, a los cincuenta y dos años. La elevación más alta de la isla Elefante se llama hoy cordón Pardo, y un busto suyo se alza en el lugar exacto donde esperaron los hombres del Endurance.
