El fotoperiodista no llegó a abrir la funda de su cámara. Suman Nepali, de Nepali Times, se sentó en una ladera sobre el río y se quedó mirando a dos niños: Kirti Tamang, de cinco años, magullada y en estado de shock, que vio cómo la riada se llevaba a su madre y a su hermana antes de que ella misma saliera despedida contra el cerro y apareciera después en el bosque junto a otros dos niños, y que desde entonces no ha podido hablar; y un compañero de su escuela, Biswas Tamang, con golpes aún peores y el carnet escolar todavía colgado del cuello. Fue ese carnet lo que permitió a los profesores localizar a su madre, que vive en un distrito vecino y lo había enviado a una escuela pública de enseñanza en inglés en Betrawati. Hacer una fotografía le pareció una falta de respeto, escribió el fotógrafo. Lo único que podía hacer era dar testimonio.
Trece días después de que el hielo, la roca y el lodo bajaran por la frontera entre China y Nepal el 26 de agosto, Nepal puso sus banderas a media asta. El lunes era el último día del duelo según el rito hindú, cuando la familia cercana permanece en casa, los parientes acuden de visita y se celebran los rituales por los difuntos. Algunas familias cuyos allegados siguen desaparecidos celebraron funerales simbólicos: la cremación es el rito final imprescindible, y realizarlo sin cuerpo ofrece cierto alivio espiritual. Para la noche estaban previstas vigilias con velas. El número de muertos se situaba en al menos 1.398, con más de 5.500 desaparecidos, unos 800 de ellos extranjeros.
No hubo ceremonia oficial. Phanindra Paudel, del Centro Nacional de Operaciones de Emergencia, dijo a Reuters que no había programas estatales organizados, porque las tareas de búsqueda y rescate seguían en marcha en las zonas afectadas por las inundaciones. El presidente Ram Chandra Paudel, jefe de Estado con funciones ceremoniales, se desplazó a los distritos golpeados para comprobar los daños con sus propios ojos.
Lo que impidió que la jornada fuera únicamente un funeral ocurrió bajo tierra durante los tres días anteriores. El viernes, nueve días después de la riada, los rescatistas alcanzaron a dos hombres a unos 170 metros dentro del túnel de la central hidroeléctrica Trishuli 3A, en el distrito de Rasuwa. Oyeron sus voces antes de llegar hasta ellos. El ministro del Interior, Sudan Gurung, dio sus nombres: Sanjay Shah, de 30 años, capataz mecánico, y Kabir Maharjan, de 45, supervisor mecánico. La televisión local mostró al primero de ellos cubierto de barro, sacado a hombros por un rescatista. Ambos estaban estables y fueron trasladados en helicóptero a un hospital de Katmandú.
Luego apareció un tercero. El ejército nepalí informó de que Lu Haitao había sido extraído de un túnel de 225 metros en el proyecto hidroeléctrico Upper Trishuli-1, diez días después del desprendimiento del glaciar en el curso alto del río. No presentaba heridas visibles y sus constantes vitales eran estables, aunque mostraba signos de hipotermia leve. Las imágenes difundidas por el ejército lo mostraban recibiendo atención médica de urgencia dentro de un helicóptero.
El cálculo de cuántos podrían seguir ahí abajo es sombrío e impreciso. Las labores de rescate se han concentrado en doce proyectos hidroeléctricos en los que faltan unos 900 trabajadores y se cree que alrededor de 500 están atrapados en túneles. Los equipos de rescate del ejército estiman que unos 121 de esos 900 podrían encontrarse dentro de la red de túneles; los demás quizá trabajaban en otras partes de las centrales, fuera del inmenso sistema subterráneo. Entre los objetivos del lunes figuraban cuatro de las seis personas desaparecidas en la central de Chilime, en el muy castigado distrito de Rasuwa, que aún podrían estar con vida, según Shri Ram Neupane, diputado implicado en el rescate. Las autoridades habían conseguido equipos especializados y habían definido las técnicas necesarias en Chilime. Los rescatistas creen que puede haber supervivientes porque muchos túneles conservan bolsas de aire. Solo en Trishuli 3A, la Asociación de Productores Independientes de Energía de Nepal contabiliza al menos 557 trabajadores desaparecidos, de los cuales unos 115 estarían en el túnel principal.
«Nos enfrentamos a algo que nunca había vivido», escribió el lunes en redes sociales el experto australiano en rescates en túneles Arnold Dix. «No es un rescate, sino varios rescates posibles a la vez, en lugares distintos, cada uno con sus propios peligros, sus incertidumbres y vidas que quizá todavía puedan salvarse». Dix, presidente de la Asociación Internacional de Túneles y Espacio Subterráneo, asesoró en el rescate de los 41 hombres que quedaron atrapados durante 17 días en el derrumbe del túnel de Silkyara, en Uttarakhand, en 2023. «No se nos mide solo por las vidas que salvamos, sino por las vidas que nos negamos a abandonar», dijo. «Silkyara me enseñó a no confundir lo improbable con lo imposible». Equipos especializados de India, China, Corea del Sur y Estados Unidos trabajan entre escombros, estructuras dañadas y túneles. El portavoz del ejército nepalí, Raja Ram Basnet, afirmó que el operativo mantenía el mismo ritmo que el primer día, por tierra, desde el aire y en los túneles, para asegurarse de que no quedara nadie aislado.
Antes del avance del viernes, Dix había contado que los equipos gritaban hacia el interior del túnel de Trishuli 3A: «No se preocupen, los estamos rescatando». Creyeron oír una respuesta débil, hunchha, sí o de acuerdo. «Ahora mismo veo el vaso tres cuartos lleno... Después de una semana de angustia sin descanso, puede que, con suerte, hayamos vuelto al territorio de los milagros», dijo a la AFP camino de Nepal. Las excavadoras habían despejado entre 50 y 60 metros de escombros. Menos de una hora después, los dos hombres estaban fuera.
Las familias no encuentran consuelo. En Katmandú se congregaron cerca de la oficina del primer ministro y de varios ministerios clave para exigir que se acelere la búsqueda de los cientos de personas que trabajaban en las centrales hidroeléctricas y que fueron arrastradas por el río Bhotekhoshi o sepultadas por los escombros. «Tenemos mucha esperanza», dijo Reena, cuyo hermano está desaparecido. «Dicen que están haciendo el rescate. Si hay rescate, ¿dónde están los resultados? Necesitamos resultados». Las morgues se han desbordado; la policía señala que cientos de cuerpos han ido a parar a fosas comunes después de tomarles muestras de ADN para identificarlos más adelante, y que solo un centenar han sido identificados y devueltos a sus familias. Entre los desaparecidos hay treinta y seis australianos.
Nada de esto era imprevisible. Nepal se asienta bajo más de 5.000 lagos glaciares del Himalaya contenidos por diques de morrena potencialmente inestables. Investigadores que han contabilizado las inundaciones por desbordamiento de estos lagos en todo el mundo hallaron que la tasa anual pasó de 5,2 en los años ochenta a 15,2 en la década de 2010, siguiendo la temperatura global del aire con un retraso de unas dos décadas. Una evaluación del Tercer Polo publicada en 2023 detectó una intensificación de estos desbordamientos en el sureste del Tíbet y a lo largo de la frontera entre China y Nepal durante la última década, con 105 proyectos hidroeléctricos entre las infraestructuras en riesgo.
En Yau Ma Tei, Hong Kong, cientos de nepalíes encendieron velas y depositaron flores el lunes en un centro comunitario. Satish Gurung, cónsul general en funciones, les dijo que era un momento muy difícil, cifró el balance en 1.355 muertos y 4.996 desaparecidos, señaló que la catástrofe se debía en parte al calentamiento global en las montañas y pidió algo más que ayuda y caridad: justicia climática.
